Mi Autoretrato

Los caminos que han confluido para convertirme en terapeuta son como ríos que van hacia el mar de la vida…

Por un lado la experiencia transformadora de acompañar a personas que han vivido algún trauma, que transitan la experiencia de enfermar y /o se encuentran en proceso de morir. Estos han aprendizajes se han dado en el contexto de mi trabajo de los últimos 12 años en el Instituto Nacional del Cáncer en Chile. Lo anterior, me enfrentó a la vivencia del duelo profesional, que muchas veces se vive en silencio y bajo la coraza del heroísmo. Mis maestros fueron aquellas personas que me permitieron acompañarles en su lecho de muerte, quienes me mostraron mis limitaciones y fortalezas, y también en palabras de Joan Halifax (2019), un corazón suave y una espalda fuerte guiada de la mano de la compasión y la gratitud como compañeras y sostén.

Desde mi historia personal, la experiencia de dolor al enfrentar mis pérdidas, las más difíciles: la de mi padre y hermano mayor que me acompañan como recordatorios de mis propias limitaciones y tremenda capacidad de amar. Ser terapeuta de duelo es para mí, acompañar desde la Humanidad Compartida partiendo del hecho que nada nos diferencia en relación con la muerte y que tanto yo, como la otra persona, estamos unidas por esta experiencia invisible compartida. El hilo invisible de la vida y de la muerte, ese nos une.

Este camino se ha enriquecido profundamente con la práctica espiritual del zen que ha impactado en mi visión de sufrimiento, de acompañamiento, ayudándome construir una práctica en vida personal y profesional, guiada por el deseo de aliviar, confiando en todas las potenciales del ser humano aun transitando el dolor; abriendo la puerta a la compasión y a la comprensión de mis propios temores, ansiedades y dificultades. En este sentido, el modelo IPIR en especial en su aspecto integrativo y desde una mirada global del duelo, me ha permitido de manera rigurosa y flexible fortalecer aquellas herramientas terapéuticas que de un modo individual y único se ponen al servicio de la transformación mutua en un proceso de duelo, ayudándome a organizar las múltiples tareas y desafios que se dan en el afrontamiento a una pérdida compartiendo una mirada humanizarte y no patologizante incluso de aquello que pudiese parecer . En su aspecto relacional el modelo, toca profundamente aquellos valores compartidos, que hacen del encuentro terapéutico un espacio de aceptación del otro, como lo expresa Maturana (1997) como un legítimo otro y en esa convivencia de confianza y seguridad y de ese encuentro, sólo en esa relación humana, es posible la transformación y la sanación.